Agricultura dominicana ante dos sequías: la falta de agua y la falta de relevo
Por Ana Celia Castillo
La escasez de lluvias está alterando los ciclos de producción, mientras otra carencia avanza silenciosamente en el campo: menos jóvenes interesados en las carreras agropecuarias y una creciente necesidad de especialistas.
SANTO DOMINGO, RD. – La agricultura dominicana enfrenta una paradoja: mientras el país busca garantizar alimentos para el presente, el sector comienza a enfrentar interrogantes sobre su capacidad para producirlos en el futuro.
La primera dificultad es visible: la falta de lluvias está reduciendo la disponibilidad de agua, afectando cultivos y ganadería y obligando a productores a modificar prácticas y calendarios.
La segunda es menos evidente: el relevo generacional.
El campo necesita adaptarse a períodos secos, utilizar mejor el agua, incorporar tecnología y elevar la productividad. Pero para hacerlo necesitará también una nueva generación de agrónomos, investigadores, especialistas y productores capaces de trabajar con herramientas que van mucho más allá de las técnicas tradicionales.
Son, en cierto modo, dos sequías que terminan encontrándose en un mismo punto: la seguridad alimentaria del país.
AGUA PARA PRODUCIR HOY
Los efectos de la falta de lluvia ya son visibles en distintos puntos del territorio.
Productores de plátano, piña, aguacate y mango han reportado pérdidas o disminuciones en el rendimiento, mientras el sector ganadero también enfrenta dificultades para garantizar agua y alimento para los animales.
Un reporte publicado esta semana por Diario Libre recoge pérdidas importantes en plantaciones de plátano y piña, así como reducciones en la producción de mango y afectaciones en plantaciones de aguacate. También recoge advertencias del sector ganadero sobre el deterioro de las condiciones de los animales.
En el caso del plátano, productores han advertido que, si la disminución de la oferta continúa, el precio podría alcanzar los RD$50 por unidad.
Pero detrás del precio existe una realidad más compleja.
Cuando falta agua, no solo disminuye una cosecha. También aumentan los costos, se deteriora la calidad, se reduce la productividad y se incrementa el riesgo que asume quien produce.
El impacto termina trasladándose por toda la cadena.
EL ARROZ OFRECE UN RESPIRO, PERO NO UNA GARANTÍA
En medio de este escenario, las reservas de arroz representan una fortaleza importante para el abastecimiento nacional.
Un inventario físico de la Unidad Ejecutora de Pignoraciones (UEPI) correspondiente al período del 24 al 27 de agosto de 2026 registra 7,137,302 quintales de arroz en factorías del país, equivalentes a unas 713,730 toneladas métricas.
El documento también registra 3,586,705 quintales de arroz pulido.
La existencia de reservas permite enfrentar el corto plazo con mayor tranquilidad.
Pero hay una diferencia fundamental entre tener arroz almacenado y garantizar que seguirá produciéndose arroz dentro de cinco, diez o veinte años.
Las reservas resuelven una parte del presente.
La capacidad productiva es la que garantiza el futuro.
Y esa capacidad depende, entre otros factores, de agua disponible, infraestructura de riego, semillas, investigación, tecnología, financiamiento y conocimiento especializado.
EL CALENDARIO AGRÍCOLA TAMBIÉN CAMBIA
En la Línea Noroeste, el productor y agrónomo Marcelo Reyes observa modificaciones en los períodos tradicionales de siembra.
Según explica, la siembra de arroz que históricamente se concentraba aproximadamente entre el 15 de diciembre y el 20 de enero comienza, en algunos casos, a adelantarse hasta octubre.
Modificar el calendario no es una decisión aislada.
Significa reorganizar el agua disponible, la preparación de los terrenos, la maquinaria, la mano de obra y las fechas de cosecha.
El agricultor termina tomando decisiones con mayor incertidumbre.
Reyes también ha observado aumentos de temperatura en algunas zonas que, según sus apreciaciones, pueden rondar los dos grados Celsius.
Sin embargo, establece una precisión necesaria: un episodio puntual de sequía no permite atribuirlo por sí solo al cambio climático. Las tendencias climáticas requieren registros y observaciones sostenidas.
La advertencia es importante porque la adaptación del sector debe construirse sobre evidencia y no sobre conclusiones apresuradas.
Lo que sí resulta evidente es que los productores necesitan herramientas para enfrentar períodos de menor disponibilidad de agua, independientemente de cómo se explique cada episodio climático.
EL AGUA QUE SE PIERDE TAMBIÉN CUESTA
La discusión sobre el agua lleva inevitablemente a otra sobre eficiencia.
Una cosecha que se pierde representa también recursos desperdiciados: agua, fertilizantes, combustible, mano de obra, transporte y tiempo.
En ese contexto cobra importancia la transformación agroindustrial.
Parte de las frutas y vegetales que no encuentran mercado por tamaño, apariencia o estándares comerciales pueden convertirse en jugos, pulpas, harinas, conservas u otros productos.
El aprovechamiento de los períodos de abundancia puede ayudar a reducir las pérdidas y generar productos con mayor vida útil.
Para una agricultura que enfrenta períodos secos, no basta con producir más.
También hay que perder menos.
LA SEGUNDA SEQUÍA ESTÁ EN LAS AULAS
Mientras el sector busca soluciones para el agua, aparece una pregunta más difícil:
¿Quiénes van a encargarse de esa agricultura dentro de una generación?
El Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología ha informado que alrededor del 1.5 % de los postulantes a 5,000 becas totalmente financiadas manifestó interés por carreras agropecuarias.
La cifra pone sobre la mesa un problema que no se soluciona con infraestructura.
El campo necesita jóvenes.
Pero no solamente jóvenes dispuestos a trabajar en una finca.
Necesita profesionales especializados.
La agricultura moderna requiere conocimientos de suelos, agua, genética, sanidad vegetal, mecanización, comercialización, administración y tecnología.
También necesita especialistas capaces de interpretar datos, utilizar imágenes satelitales, manejar drones, aplicar inteligencia artificial y desarrollar sistemas de producción más eficientes.
El exministro José Ramón Peralta ha planteado precisamente la necesidad de fortalecer la formación de profesionales agrícolas y vincularla con nuevas tecnologías.
La Junta Agroempresarial Dominicana también ha advertido sobre la necesidad de profesionales en áreas especializadas como entomología, fitopatología, nematología y virología.
El mensaje es claro: el relevo generacional no consiste solamente en reemplazar a quienes hoy trabajan la tierra.
Consiste en reemplazar conocimiento con conocimiento y, al mismo tiempo, incorporar capacidades nuevas.
LA AGRICULTURA NECESITA CAMBIAR LA IMAGEN DEL CAMPO
Durante años, la agricultura ha sido asociada con trabajo físico, sacrificio y baja rentabilidad.
Esa imagen puede convertirse en uno de los obstáculos para atraer a las nuevas generaciones.
El campo que necesita República Dominicana ya no puede depender exclusivamente de prácticas tradicionales.
Un productor puede necesitar hoy un sistema de riego tecnificado, información satelital, sensores de humedad, pronósticos meteorológicos, análisis de suelo y herramientas digitales para tomar decisiones.
Eso significa que la agricultura también puede convertirse en un espacio para ingenieros, científicos, administradores, especialistas en tecnología y jóvenes emprendedores.
El desafío está en hacer visible esa transformación.
No se trata de pedirle a la juventud que vuelva al campo del pasado.
Se trata de construir un campo en el que la juventud quiera trabajar.
UNA POLÍTICA AGRÍCOLA PARA EL LARGO PLAZO
El Ministerio de Agricultura ya cuenta con un Plan de Contingencia frente a la Sequía 2026, que contempla medidas como tecnificación del riego, rehabilitación de canales, asistencia técnica, suministro de forraje, financiamiento y sistemas de alerta temprana.
Son medidas necesarias para enfrentar la coyuntura.
Pero una estrategia de largo plazo debe ir más allá de responder cuando falta el agua.
Debe preparar al sector para producir con menos agua.
Eso implica mejorar los sistemas de riego, proteger las fuentes hídricas, invertir en investigación, desarrollar variedades más resistentes, reducir las pérdidas poscosecha, fortalecer la agroindustria y mejorar los mecanismos de comercialización.
Y, sobre todo, formar a quienes tendrán que aplicar ese conocimiento.
Porque una tecnología puede comprarse.
Una infraestructura puede construirse.
Pero formar especialistas requiere tiempo.
DOS SEQUÍAS, UNA MISMA PREGUNTA
La falta de agua y la falta de relevo generacional pueden parecer problemas separados.
No lo son.
Una agricultura sometida a mayor presión climática necesita más conocimiento, no menos.
Necesita profesionales capaces de determinar cuándo sembrar, cuánto regar, qué variedades utilizar, cómo detectar una enfermedad y cómo aprovechar una producción que no pueda colocarse en fresco.
Necesita también productores con acceso a financiamiento, mercados eficientes y tecnologías que permitan hacer más con menos recursos.
República Dominicana todavía cuenta con una importante capacidad productiva y con generaciones de agricultores que acumulan décadas de experiencia.
El desafío consiste en transmitir ese conocimiento, combinarlo con ciencia y tecnología y conseguir que una nueva generación vea en la agricultura una profesión con futuro.
Este 9 de septiembre, cuando se conmemora el Día Mundial de la Agricultura, la discusión debería ir más allá de celebrar al productor.
También debería preguntarse qué condiciones estamos creando para que pueda seguir produciendo.
Porque la seguridad alimentaria no empieza en el supermercado.
Empieza mucho antes: en el agua disponible, en la tierra, en la investigación, en la capacidad de producir y en las personas que tendrán que tomar las decisiones.
La primera sequía se mide en lluvia.
La segunda se mide en el vacío que puede dejar una generación que no llega al campo.
Y si ambas avanzan al mismo tiempo, el reto para República Dominicana no será únicamente producir más.
Será asegurarse de que todavía existan agua, conocimiento y personas preparadas para producir.

