La adictiva búsqueda del poder

Por: José Francisco Peña Guaba

La historia nuestra como en todo el mundo, la crónica de la búsqueda del poder, de quienes lo lograron y quiénes se resistieron. El poder se convierte en una de las pasiones humanas más intensas, sin duda la más visceral y extraordinaria, que desata deseos casi demenciales de mandar, de influir en los demás, de lograr que otros hagan en silencio y en obediencia, lo que quiere quien dirige.

No hay nada más deleitante y hasta afrodisíaco que el Poder. Es una suerte inverosímil lograr “dominancia social”, conseguir autoridad, reconocimiento, respeto, temor y, en su más abyecta definición, hasta miedo.

El poder es la esperanza de todos los políticos, a la vez la falsa ilusión de muchos ingenuos. Aunque se manifiesta principalmente en la clase partidaria, en realidad el poder lo quieren todos: los empresarios, los curas, los intelectuales, los tecnócratas, los activistas… todos lo buscan, de una forma u otra, unos con disimulo y otros encubiertos, para lo cual pretextan todo tipo de justificaciones. El poder es magia, es pasión, es fascinación… que las más de las veces termina en desenfreno.

No solo son las personas quienes ansían poder, también las naciones, que buscan construir imperios. Pudiéramos decir que el poder es el motor que impulsa el mundo. Por eso se ha dicho del poder, que es “la razón de ser de los grandes imperios y el mayor peligro para los seres comunes.”

En cualquier recóndito espacio de nuestra historia encontramos esa obsesión por el poder, desde Pedro Santana hasta nuestros días. En nombre del poder se ha cometido todo tipo de abusos y fechorías, se han conculcado derechos, se han destruido individuos, partidos, familias y sociedades; se han sacrificado vidas, ¡se ha cambiado el destino de los pueblos!

No es de extrañar que pocos hombres hayan ejercido el poder por tanto tiempo como Báez, Lilís, Trujillo y Balaguer… solo ellos nos gobernaron un total de 82 años, casi la mitad de los años que tenemos como República independiente. Pareciese que “solo el poder construye poder”. Si le sumamos a la gestión de 12 años de Leonel los 8 de Danilo, nos damos cuenta de que ¡sólo 6 ciudadanos han gobernado 102 años, de los 176 de vida republicana!

¿Qué suerte de adicción produce el poder en los individuos, que su obsesiva búsqueda les domina totalmente, hasta sus propias vidas? El poder parece ser su leit motiv, su único interés, su mayor atracción, su mayor importancia, incluso más que la familia y hasta el amor, el poder parece ser el único sentido de sus vidas.

No existe droga alguna más adictiva que la incesante búsqueda del poder. Es esa negación a ser uno más, ese deseo irrefrenable de mandar, esa patológica necesidad de sentir que se le obedece, ese vahído que producen en todos las alturas pero, especialmente, en quienes quieren sentarse en la silla de alfileres a deleitarse oyendo el armonioso taconeo militar acompañado de la frase “a su orden Señor”.

En 1985 comprendí por qué hombres con mucho dinero, como el caso del senador Jacinto Peynado, querían llegar al poder. En la ocasión, mi Padre ocupaba la alcaldía de lo que en ese momento era el actual “Gran Santo Domingo”. Sufrió un grave percance de salud. Pero estábamos en el gobierno, bajo la presidencia de Salvador Jorge Blanco, siendo mi progenitor el jefe y líder del partido. Vi como todos los resortes del poder, civiles y militares, se movieron de inmediato; como los mejores médicos de la época se pusieron a nuestro servicio y cómo un avión de la desaparecida CDA nos llevó con casi medio gobierno dentro directo a Cleveland, donde las autoridades norteamericanas nos esperaban con todo un dispositivo sanitario y de seguridad al servicio de mi progenitor. Ese día entendí que hay cosas que el dinero no podía comprar.

En el caso de mi padre no ambicionaba poder pero, era celoso de su liderazgo. Al final, él era de la escuela Europea que entendía que los líderes “por mucho eran más importantes que los jefes de Estado y de Gobierno, porque los poseedores del carisma y la influencia popular no tienen término, los Primeros ministros sí.”

Los que buscan el poder parecen no arredrarse ante nada. Ahí están todos, en nuestra historia y aunque actuaron por diferentes razones, fueron hombres a quienes no les importó ni siquiera poner en riesgo su salud –como en el caso de la pandemia del Covid–. Siendo sincero, no sólo el impulso psicológico y adictivo los hace moverse, es también el ejército dirigencial que les acompaña, que en función de sus variados criterios e intereses los obligan a ir hacia delante no importando situaciones ni consecuencias.

Aquí en nombre del poder se ha hecho de todo. Se han armado revoluciones, se han dado golpes de Estado, se han cercenado generaciones enteras; se han aprisionado miles de personas y se ha exiliado a muchas, se ha llenado de temor a la ciudadanía, se ha censurado a líderes, a medios y a periodistas. Se ha comprado a medio mundo y quien se ha negado, o ha desaparecido o sufre mil calamidades, porque aquí se ha presionado a “los incómodos” y a los “irreductibles” se les ha asfixiado… de todas las maneras posibles.

Esa ha sido en nuestra historia, hasta nuestros días. Esos son los resultados de la búsqueda y conservación del poder político, porque, a fin de lograr los “supremos objetivos” no ha habido miramientos, ni medidas, ni control, ni han hecho efecto los últimos catastróficos resultados electorales. Hay casos en los que ni siquiera hubo atisbo alguno de razonabilidad.

Todos quieren subir al carrusel que con muchas paradas los conduce “a su destino”, el poder. En cada estación ese tren desbocado deja gente y coge gente. Muchos fracasan o pecan de ingenuos al no entender que, en la nomenclatura de los destinados a llegar al poder no caben todos, menos los desesperados que creen que el gobierno, como el maná, cae del cielo.

En República Dominicana se ha demostrado que el poder político se ha conquistado únicamente de tres maneras: el primero, reeligiéndose o, ante la imposibilidad de lograrlo, reciclándose, como ocurrió con el pase del refomismo al PLD; por golpe de Estado, cuando alguien con influencia entre los uniformados y por lo general en connivencia con la oligarquía, lo ha tomado para sí. Y, por último, quienes con paciencia y tenacidad han logrado una resistencia ciudadana de tal envergadura, que acompañada de la determinación de la clase media –y por qué no decirlo, con cierto guiño favorable del Norte– logran conquistar el poder. Son pocos los ejemplos, pero entre ellos está el de 1978, guiado por mi Padre y el del año pasado, por el hoy Presidente Luis Abinader, con la reconocida ayuda de la acción divisoria de Leonel Fernández.

No cabe la menor duda de que donde existen regímenes presidencialistas, se da con mayor ahínco este tipo de búsqueda frenética del poder, porque, mientras gobiernen, “los presidentes son reyes sin corona”, dueños de vidas y haciendas. Lo “natural” es que aquí se mantenga activo ese hábito, del cual no se puede prescindir por razones psicológicas y hasta fisiológicas, visto que el que no lo tiene o lo pierde, se deprime. Todo por la adictiva y desmesurada afición de mandar, que hará que todos los que están vuelvan a intentarlo. Danilo (con todo y su impedimento constitucional), Leonel, Luis, Hipólito, Gonzalo y hasta el amigo Guillermo, porque de esta actividad nadie se retira voluntariamente, sólo por razones biológicas.

Estoy segurísimo de que muchos otros lo intentarán, algunos porque se creen “predestinados”, otros están convencidos de que “esta será su oportunidad”. Algunos más porque entienden que “la providencia” les tiene guardado un alto sitial y otros, los más incautos, creerán que “la indignación ciudadana”, los “anti-partido” los llevará hasta el solio presidencial. Muchos, de una manera u otra, creerán que “es su momento” para ganar, pero la mayoría lo único que logrará es cavar su propia tumba, por no entender los tiempos. Viene a mi memoria una frase del gran político e historiador romano Tácito, muy válida para nuestros días, que los obnubilados por esa pasión adictiva, los que no miden consecuencias, ni reconocen infortunios ni errores deberían también recordar: “Para quienes ambicionan el poder, no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio.”

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