REFLEXIONES EN EL CAMBIO #67 El virus peligroso de la Antipolítica

Por: José Francisco Peña Guaba

La antipolítica la nueva forma de hacer política es un concepto que data del siglo XIX, que busca promover el descrédito de la instituciones políticas, de todo el sistema de partidos, para hacer  que el verbo “politizar” en un término peyorativo sea visto como el efecto negativo de la acción de la política por parte de los partidos y de la gestión al frente  los dirigentes de oficio.

Se aprovecha la antipolítica de la desilusión que existe en una sociedad  que cuestiona y desconfía, que se siente desencantada y frustrada por el sistema político formal. El antipoliticismo, tiene como objetivo y propósito “ Buscar apartar la política del interés común, para ponerla al servicio del interés de unos pocos” porque al sustituir la política democrática que se construye con la diversidad de los partidos políticos lo que se está auspiciando es una nueva política autocrática, plutocrática, tecnócratica y mediocrática, que cambia la voluntad de la mayoría para favorecer a dictadores, a la oligarquía, a intereses sectoriales o tecnócratas que promueven la llegada del populismo y el autoritarismo.

Es que la antipolítica defiende generalmente la falsa idea que viene a cumplir con la ley, a poner todo en orden, a acabar con los delitos o a realizar una buena gestión administrativa frente al despilfarro y las subvenciones populares que realizan los políticos, es que los antipolíticos lo que buscan más bien es reducir la gestión política a una mera gestión tecnocrática.

La despolitización de la política, es hoy la panacea que nos quieren hacer vender los que sin esfuerzo real alguno desean ocupar el espacio de las dirigencias partidarias, utilizando el descontento estigmatizan la política y a los que la ejercen,  para inocular sus ideas a los descontentos y desilusionados  para que en un mundo insatisfecho apropiarse de la insatisfacción.

La antipolítica auspicia a “populistas” que vienen a sustituir a los demócratas por autócratas, por taumaturgos, por falsos salvadores y demagogos o por reconocidos tecnócratas que se identifican con la política aristocrática de imponer el criterio discriminatorio que solo deben dirigir “los pocos pero mejores”.

La antipolítica crece cada día más en nuestro país promoviendo la idea de que debemos volver a tiempos pasados que al decir de ellos fueron superiores, vendiendo un mito y creando una nostalgia por un pasado que nunca existió, inventando buenos tiempos del ayer para ilusionar a los disconformes que se refugian en el retorno a tiempo mítico de una edad donde supuestamente las cosas funcionaban.

Se aprovechan los oportunistas, antipolíticos del hartazgo con nuestro funcionamiento institucional, inoculando en el imaginario popular dominicano que debemos volver hacia atrás, a devolvernos a buscar un pasado real que tanto nos costó dejar atrás.

Es que vivimos en una propuesta populista de “la espectacularización de la política de opinión pública”  que le da preeminencia a los asesores de imagen frente a las direcciones de los partidos, para hacer que los gobiernos prefieran  las asesorías de expertos que la opinión de los políticos, que son al fin y al cabo los que gestionan el día a día con el pueblo todos sus problemas e insatisfacciones, todo porque la política ya no es física o humana,  es virtual y digital.

La antipolítica acusa a la clase política de ser los causantes de las crisis y les hace entender a los ciudadanos que ellos son las víctimas,  para incidir en la agitación y en el antagonismo que produzca odio de parte de la población contra su clase dirigente, la verdad, es que estamos ante un neoliberalismo de consumo digital, en  una sociedad líquida en manos de la comunicación y las redes sociales.

Son los mismos actores de principal importancia en la sociedad Civil nuestra, como el politólogo y economista Javier Cabreja, exdirector ejecutivo del movimiento Cívico- no partidista Participación Ciudadana , los que han advertido de los grandes peligros de la antipolítica, como en su artículo de octubre del 2018 “El discurso de la antipolítica” en el cual explica que la frustración de la política trae consigo proyectos populistas que son xenófobos, misóginos, homofóbicos, racistas y autoritarios y que estos son la principal amenaza de la democracia hoy; que lo necesario es reinventar la política y hacer que las dirigencias partidarias concilien la ética con la política.

De igual manera el eminente profesor de ciencias políticas el Británico Bernard Crick,  ya fallecido, en su magistral obra “en defensa de la política” que aunque data su publicación de 1962, sigue siendo un manual de consulta obligada hoy  para entender el papel de los partidos y de los dirigentes políticos en la sociedad, establece que la antipolítica existe porque “ que no hay nada más político y democrático que la divergencia”, este libro es un elogio optimista que nos incita a apreciar la política, mucho antes de que sea demasiado tarde y debamos echarle de menos.

Pero, siendo sincero, no solo se está expresando con fuerza la antipolítica en nuestro país, es un virus que acompaña al COVID -19 en su expansión imparable a escala planetaria.

El virus de la antipolítica no solo procede de China, se ha instalado en Europa, porque las propuestas radicales están encontrando ecos y crecimiento en el viejo continente y en China, porque demostrando la capacidad y eficacia del Estado Chino donde existe un riguroso control  político de un solo partido  pero, que sin embargo con la eficaz gestión sanitaria y económica frente a la pandemia, le ha estado dando lecciones a las muy democráticas y participativas naciones occidentales para con ello saborear la República Popular una dulce venganza frente a las naciones bajo un sistema multipartidario pero únicamente capitalista.

Es que el peligroso virus de la antipolítica está encontrando un terreno fértil en la pandemia del COVID- 19, que unida en sinergia a la misma, tenemos que asumir que estamos ante una “ SINDEMIA” que es la acción simultánea de una pandemia sanitaria, más las patologías crónicas y degenerativas de la sociedad, tales como: pobreza, mal nutrición, precariedad laboral, hacinamiento, estrés, y depresión sociofobica digital.

En medio de esta sindemia muchos gobiernos erráticamente le han dado prioridad a los intereses del sector privado, y a proteger al turismo y no han priorizado la salud de su población queriendo forzar una normalidad que lo único que ha hecho es aumentar los contagios y la letalidad del coronavirus y sus nuevas cepas, como en el caso del Brasil, dirigido por el populista negacionista Jaír Bolsonaro.

La antipolítica fue impulsada por los fracasos de la izquierda que dejó de convencer al mundo que era la verdadera agente de cambios después de la caída de la Unión Soviética de 1989, y acabó por dejar huérfanos todos los proyectos de izquierda  pero, que creó una nueva izquierda (la de Lula, Correa, los Kirchner, entre otros) que terminaron utilizando los mismos esquemas para llegar y mantenerse en el poder, a través del dinero y los mismos esquemas mediáticos de la derecha (como los Bolsonaros, Macris y Duques).

En medio de esta sindemia los pobres y los ricos buscan lo mismo, y es que la antipolítica les quiere de manera oportunista ofrecer, las seguridades: porque los ricos buscan tener seguridad en que lo seguirán siendo, en que conservarán lo suyo (su patrimonio), en que mantendrán sus privilegios y en que les garantizarán la vida frente a la violencia social.

Los más pobres buscan asegurar: que seguirán viviendo, que tendrán algún trabajo, comida, asistencia médica, medicamentos, techo y algún nivel de asistencia económica por parte del Estado..

Reconocemos que la democracia está desafiada hoy, por dos transformaciones asimétricas, primero: por una creciente tecnología que introduce un ruido deshumanizante, que se expresa  en una redes sociales que muestran el egoísmo rampante del ciudadano digital de hoy, que solo les importa su personal interés y que busca salvación particular a sus problemas, y segundo: la actitud de los ricos o de la oligarquía que ha roto el pacto social del interés colectivo para solo defender el de sus fortunas e inmensos patrimonios, y que para ello ahora quiere dirigir de manera directa la administración del Estado, utilizando la antipolítica para establecer una plutocracia (gobierno de los ricos).

Ante esa realidad la clase partidaria debe reinventarse para hacerse potable a la vista de una población que necesita volver a confiar en ella, para lo cual el liderazgo político no debe hacerse más daño insistiendo en desprestigiarse unos a otros, porque lo que lograrán es que el pueblo hastiado termine decidiendo no seguirlos a ninguno, dándole paso a un outsider que termine con barrer todo vestigio de libertades y democracia que fortalece a nuestro hoy sistema político pluripartidista.

El espacio de la antipolítica desea que los fondos públicos no sean gestionados por los políticos que solo obedecen con sus defectos al interés común del pueblo, sino que lo administren los empresarios y los tecnócratas que tienen sus particulares intereses, que no son precisamente los de la mayoría popular.

Esos antipolíticos desean entregar el gobierno “a las castas para privilegio de unos pocos en detrimentos de los muchos” son mejores en todo el sentido de la palabra nuestros líderes que los que desean sin esfuerzo ni mérito real alguno sustituirlos en el poder, la ciudadanía desesperanzadas no pueden comprarles a los apologistas del desastre su versión de que estaremos mejor con ello. Son mil veces mejores, Luis, Leonel, Abel, Alburquerque, Domíngues Brito, Margarita, Gonzalo, entre otros potenciales aspirantes presidenciales que los populistas o políticos de nuevo cuño que solo desean poner el Estado al servicio de los intereses de a quienes le sirven.

Es mejor una democracia imperfecta, lenta, burocrática y hasta exasperante pero al servicio del interés común que un gobierno al servicio de los oligarcas.

Cuidado con los antipolíticos y a los dirigentes políticos no le cedamos nuestros espacios, reinsertemos nuestros discursos y acciones en favor de nuestro pueblo, hago mía la frase del médico y político  de izquierda español Gaspar LLamazares “vuelve la indignación y la rabia contra la política. Esta vez por parte de los de siempre, pero con algunos apoyos inesperados”.

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